Monday, April 18, 2011

FRAGMENTO 2

(…)
BENITO SUFRE UN LAPSUS

Luego de que en ese día no tuve nada más por alimento que unos fideos cocidos en un hervidor eléctrico y untados con mantequilla, que algún eventual visitante debió dejar en esta caja de miserias que es la pieza en la que vivo y a la que ulteriormente, a medida que transcurran los hechos, iré describiendo hasta tal vez pormenorizarla, me hallaba caminando con dirección a la casa de Sarita Sampietro, pues el micro me había dejado a un par de cuadras de su casa, donde habría de suceder lo que tan frenéticamente esperaba: el encuentro.

Con las fachas de un convaleciente sino un enfermo, secuela de esa batalla psíquica de la cual no podría decir que salí victorioso, sumado a esto la deficiencia y hasta nulidad alimenticia por la que atravesaba en esos tiempos, Sarita Sampietro me recibió en su casa sin poder evitar algún gesto de extrañeza y hasta de conmiseración para su, por aquellos días, protegido y predicado amigo.

-Benito, amigo mío – Dijo, luego de entornar la puerta, mientras me abrazaba efusiva, casi maternalmente
– Pero pasa, no vaya a ser de que te de un resfrío. Mira cómo estás! Qué te han hecho hombre?
Prosiguió a la vez que me asía del brazo y me entraba a la solitaria, penumbrosa sala de su casa.

Sentados en el sofá principal de la sala o en algo color ceniza que se parece a un sofá, tomando, o intentando tomar pausadamente el café que Sarita Sampietro con maquinal rapidez me había preparado (ella no toma café, quién sabe por qué) – Una y dos – Me había preguntado, y yo negando debo haber referido que al contrario, es decir, dos de café y una de azúcar que es como suelo tomar, cuando lo hago, el café instantáneo. Allí sentados en esa quietud, mi endeble cerebro debió sufrir una distorsionante intromisión, sólo así se explica la laberíntica situación a la que me vi expuesto, sin poder sobrellevar a mis sentimientos momentáneamente confundidos. Así pues fui transportado espacial y temporalmente hacia atrás, al mundo pequeño donde Sarita y yo éramos los amos y señores de esa nuestra creación. Fueron sus ojos; digo, los ojos de Sarita Sampietro; o mejor aún, los grandes y brillosos ojos de Sarita Sampietro; los encomendados de traerme las reminiscencias de aquellos tiempos en los que pude haber vendido mi alma al mismísimo demonio por ella, por su mirada. Cómo evitarlo si era la misma mirada de cuando en Cusanto o San Leandro; esa mirada, por aquellas épocas, difícilmente sostenible por mí y la que, a pesar de eso y aunque temporalmente, había coloreado mis umbrosos días. Sarita me miraba hondamente con sus grandes y brillosos ojos (siempre mira hondamente con sus grandes y brillosos ojos así es que no se vaya a presumir) a la vez que me hablaba, lo creo excitada, de no sé qué, ajena a lo que yo percibía y vivía en esos instantes, ajena a mi ensoñación. Pasaron así los minutos con nosotros sentados allí en la sala y, a la vez, conmigo lejos, en mi vuelo; hasta que, el barítono ladrido de la mascota de la casa, un perro pequeño de raza indeterminada y molestoso como un tábano, fue el culpable de que volviera de mi incoherente viaje retrospectivo.

Después de volver al real instante en la sala de Sarita con todo y los accesorios que compartían con nosotros, y con los que hacíamos un buen objetivo fotográfico, a saber: el amplio y cenizo sofá que resaltaba en la, no escasa, lobreguez del ambiente (tened en cuenta la fría época, con algunas pinceladas invernales todavía, el grácil sol vespertino, el hermetismo de las ventanas y el cerrar de las cortinas); la taza de Nescafé, con su negra tibieza y su todavía restante aroma, que absorta aguardaba en mi diestra endeble; el haz de luz que se filtraba por el accidental doblez de la cortina y que cruzaba justo por encima de mi cabeza y abofeteaba en la mejilla izquierda a mi parlante compañera; el perro de raza indefinida que acababa de desaparecer de nuestra vista por una conminatoria orden de Sarita; que no tiene buena disposición para con los perros, y es en eso que nos parecemos; aunque auditivamente aún se podía saber de la existencia del animal ya que lloraba en algún rincón de la casa. Allí estaba, nerviosa e inquieta. Acababa de encender otro cigarrillo y ya se había sentado de nuevo frente a mí, después de levantarse a cerrar la puerta que da al patio por donde entraba el llanto del perro: Sarita Sampietro, a la que un día el destino me la trajo, y con la que por un acto dichoso de la vida tácitamente habíamos convenido como amigos. Mi inobjetable, lícitamente ganada, gran amiga Sarita Sampietro; ella, a la que yo debía escucharla, poner atención a lo que me decía, preguntarle sobre.., sobre muchas cosas, cosas puntuales que eran el fundamento de mi visita. Recapacité. No me distraería más.

-¿Cómo me has dicho que se llama?- Le pregunté en un sonsonete.

(…)

*Fragmento de la novela corta intitulada “La Espera

FRAGMENTO 1

*SOFIA

Oteó por la pequeña ventana hacia la calle abarrotada de gente ya a esa hora e inmediatamente renunció, por su brusquedad, a tal vista. Su dormitorio había sido abandonado también, totalmente desordenado y enrarecido por el olor a tabaco y a pan rancio. No sentía mucho frío (no como en aquella vez -pensaba). En este día, hacía sólo unos momentos, el tenue sol que después de mucho había venido a visitarle, le daba la noticia de un tibio, sino caliente, día de noviembre. Con el mate en la mano hubo de esperar a que el agua hirviese. El agua hirvió y empezó a tomar su cotidiano mate de las mañanas. Pero esta vez a parte de sentir, disfrutando, el dulzón amargor del casi incorpóreo líquido verde y caliente que discurría desde su hepática boca hasta su vacío estomago, algo le perturbaba. Empezó a sentir calor y una corona de dolor se le prendió de la cabeza. Algo ocupaba sus pensamientos desde hacía ya algunas horas. Su pasado inmediato parecía llamarle. Trató de aguzar su memoria, hasta que lo de su mente se le mostró más nítido, más vívido. Abandonó su mate, acto muy inusual, casi profano; buscó sus zapatillas y salió hacia la calle. La muchacha iría hacia alguna parte. Hacia dónde?, no lo sabía, pero debía armar aquella maraña que era lo de su cabeza.

* * *

Se llamaba Sofía y tenía ya un buen tiempo viviendo acá. De que dejó su patria habían pasado ya más de tres años. Era de la Argentina, de Neuquén específicamente. Soy bien serrana! -solía decir-. Su madre, una mujer harto estoica, aún seguía en su ciudad natal, nunca salió de allí y tal vez nunca lo haría. Su padre era Santiaguino y Sofía aún lo recuerda con su sombrero marrón de cuero, su saco de piel de venado y su escopeta de doble caño, implementos éstos con los que, únicamente, hacía algo de cinco años partió hacia la Tierra del fuego sin importarle ni el frío ni ningún otro peligro del ignoto territorio fueguino, y de donde no regresaría jamás: Aconteció que aproximadamente a los dos años de que el viejo andaba por esos extraños parajes, habiendo recién llegado a Ushuaia donde se había construido una precaria cabaña pues no quería, con nadie, compartir vivienda, cayó enfermo: La tuberculosis se hizo latente y lo postró. Hallándose en ese estado fue que una mañana muy de temprano, se levantó (no tuvo tiempo ni de mudarse de ropa, pero sí de encender un toscano más) y se fue introduciendo poco a poco hacia la espesura nevada, como llamado por aquella perfecta blancura y como habría de ser, nunca más saldría de allí, ni tampoco hallarían sus restos. Pero Sofía cuando lo recordaba lo quería recordar (como me lo dijo, mientras daba una bocanada más de humo) bonito: con su sacón de piel, su toscano en los labios y con sus ojos grises y brillosos diciéndoles, a madre y a ella: “voy a buscar oro mujeres! Volveré forrado de oro. Aunque viejo ya, me haré y les haré infinitamente ricos! Ya lo verán! Ya lo verán! Esa tarde en que partió las dos mujeres lo acompañaron hasta la tranquera de la casa. Mamá se detuvo allí mismo, apoyada a la tranquera. Sofía maquinalmente dio algunos pasos, como si fuera una precaria prolongación de alguna extremidad del padre, luego, maquinalmente también, se detuvo. Ambas se quedaron estáticas mirando el único objetivo posible y el que se alejaba inobjetablemente. La fila de cardos y el copioso ciprés que daba sombra a la chica observaban inquietos la escena, el viento aumentaba la desazón de los impotentes testigos. Mamá dejó correr libremente las escasas lágrimas que le bajaban humedeciendo la sequedad de su envejecido rostro. El viejo habría de desaparecer en el horizonte, pero antes de eso cuando llegó a la colina, hubo de detenerse; mientras el viento jugaría, una vez más, como enamorado, con sus jaspeados cabellos y su montañés ropaje; se dio la vuelta y se despidió agitando la mano, quizá premonitoriamente, para siempre; luego desapareció por entre los tejados de las últimas casitas de la entrada del pueblo.

Ese no era un mal recuerdo, claro que no lo era -pensaba Sofía-. Nunca lo había sido. Ese era el ideal romántico de la partida, así lo creía.
A pesar de todo (a pesar de todo?) estaba orgullosa de su viejo.

(…)

*Fragmento de la novela corta intitulada “La Espera”

Monday, April 20, 2009

RECITACION

Benito, no serás nunca nada*

Benito no es nada, y presumo que no sea nunca nada, diría un gran amigo periodista, poniéndome de contra ejemplo, en un posible artículo que se titularía Un hombre de acción en el suplemento dominical de algún diario local.
Yo también tengo la sospecha de que no voy a ser nunca nada.
Todos los que han pasado por mi experiencia, gente proba y gente imbécil, han creído lo mismo. A saber:
Cuando fui por primera vez a la escuela, en Aguas Verdes, yo tenía seis años –ya ha llovido bastante desde entonces-; el profesor, don Miguel Grández, que tenía la costumbre de pegarnos con una vara de cafeto muy dura –las bien ponderadas tradiciones de nuestros antepasados-, me miró alguna vez y dijo:
- Este chico va a ser tan ocioso como su primo David. Nunca será nada.
- Estudiaba en Rioja, en la escuela primaria, con don Mario Sánchez, que nos enseñaba matemáticas, y este anciano, que parecía Aurelio Denegri con su cara helada e impertérrita, me decía con voz sepulcral:
- No será usted un gran agricultor como su padre. Usted no será nunca nada.
Al cursar Matemáticas con don Humberto Portocarrero, en los noventa, don Humberto un día se plantó delante de mí, y me dijo:
- Esa sonrisita…, esa sonrisita… es una impertinencia. A mí no me viene usted con sonrisas satíricas. Usted no será nunca nada más que un negador inútil.
Yo me encogía de hombros.
Las mujeres con las que me he mezclado han certificado, con énfasis:
- Tú no serás nunca nada.
Y un amigo que se marchaba al mundo civilizado, indicaba:
- Cuando vuelva, dentro de cinco o diez años, encontraré a todos los conocidos en distinta posición; uno se habrá enriquecido, el otro se habrá arruinado, éste habrá llegado a empresario, aquel habrá desaparecido en una aldea, tu seguirás como ahora, vivirás igual y tendrás dos monedas en el bolsillo. No pasarás de ahí.

La idea de que no seré nunca nada está ya muy arraigada en mi espíritu. Está visto, no seré diputado del gobierno, ni luchador social, ni concejal, ni sagaz delincuente, ni tendré una buena ropa negra… Y, sin embargo, cuando se pasan los treinta años, cuando el vientre empieza a hincharse de tejido adiposo y de ambición, el hombre quiere ser algo, tener un título, llevar un cintajo, o quien sabe, usar chaleco oscuro, pero a mí me están vedadas estas ambiciones. Los profesores de la infancia y de la juventud, y las mujeres de mi vida se levantan ante mis ojos como la sombra de Banquo y me dicen: “Benito, tú no serás nunca nada”. Cuando voy por la orilla del mar, las olas que se agitan a mis pies murmuran: “Benito, tú no serás nunca nada”. El búho sabio, que por las noches suele venir a mi parque de La Aurora, me dice: “Benito, tú no serás nunca nada”, y hasta los pestilentes gallinazos que cruzan el cielo suelen gritarme desde arriba: “Benito, tú no serás nunca nada…”
Y yo, al fin hoy, estoy convencido de que no seré nunca nada.

* Adaptación de un texto de P. Baroja

Tuesday, March 17, 2009

NI TRISTE NI AZUL, EL GATO NO ESTÁ

“… El gato que está en la oscuridad

sabe que en mi alma Una lágrima hay”

-Canción-

Por dónde vagabundeará mi gato a estas alturas de su vida?
Samuel ha desaparecido. Hace como seis o siete días que no da señas y a Jazmín y a mí (más a Jazmín que a mí) ya nos empieza a doler en el alma su ausencia.
No pasaron ni más de tres días de que regresé de mi viaje, con toma de ayahuasca y todo, por la selva amazónica y mi gato se fue. Es cierto que estuvo casi solo mientras anduve de viaje. Jazmín lo cuidó mientras ella estuvo aquí, en nuestra casa: fueron tres días con sendas noches que el pobrecito Samuel estuvo totalmente solo y, ya lo creo, extrañándonos como un amante abandonado.
La última vez que lo vimos fue en mi habitáculo: era la segunda o tercera noche de mi arribo y nosotros (el Shurfer y yo) hablábamos a Jazmín de lo ‘interesante’ de nuestra travesía selvática, cuando el Samuel entró semi crispado, impetuoso, arqueando el lomo y alzando el rabo hasta una altura impropia para su pequeño tamaño, se detuvo al centro de nosotros que hablábamos sin parar, quiso, lo creo ahora, llamar nuestra atención con una extraña performance felina y al ver que no le hacíamos mayor caso (la Jazmín pasó, con cariño automático, su mano por el arqueado lomo del animalito e intentó bajarle el rabo alzado que parecía incomodarle), el Samuel regresó tras sus pasos presumiblemente ofendido, quizá a la azotea o quien sabe en ese momento se fue para no saber más de él.
Por dónde andará?
Habrá de volver?
Jazmín cree (yo también lo creo aunque con una fe idiota) que este nuestro Samuel que ya debe andar con alguna urgencia sexual, ha ido por una hembra, y la demora, pensamos, se debe a que como el pobre es un gato réprobo en el barrio ha tenido que irse lejos a concluir su tal cometido.
Puede ser también que este Samuel se haya enamorado por ahí. Es un romántico el pobre. El romanticismo que es una enfermedad incurable y contagiosa que ataca principalmente a los débiles, a los perdedores, y como este es un gato declarado indeseable, desde hace un tiempo atrás ha sido atacado por ese irreversible mal. Nació fallado, es decir a mí ya me lo entregó, el Mister Perú aquel, con algún defecto: casi no podía maullar. Lanzaba no más una especie de maullido casi mudo; un sonidito aflautado, risible, vergonzoso para un felino. Estando la cosa así es que, para colmo de sus males, un día sufrió un accidente: el Shurfer le quemó una de sus cejas. Así fue que se convirtió en un defectuoso entero. Sin voz y sin ceja derecha no podía ser de otra forma. Se acomplejó y casi no salía y cuando en algún momento otro gato lo veía se reía de él. Vaya a saber yo que tipo de crueldad tienen los gatos pero sospecho que deben ser insufribles.
Así se explica que el Samuel se haya vuelto un romántico.
Andando ya como andaba, de romántico, puede ser que se haya ido, no ya por una urgencia sexual, como creímos la Jazmín y yo al principio, sino en busca de su flor azul. Yo ya le oí hablar de su flor azul o de su otra mitad platónica, que así también lo decía. Cómo deben haberse estado riendo esos gatos presumidos al oírle hablar de eso al pobre Samuel. Entonces como nadie lo entendía por acá, ningún gato es profeta en su barrio, se dijo, y se fue en busca de extranjeros, pues la posteridad, ese otro tipo de extranjeros, no le interesaba.
No buscaría trascendencia, buscaría que algún contemporáneo, aunque de otro barrio, lo entendiera. Buscaría su flor azul.
La cosa es que el Samuel se ha tenido que ir y se ha ido, y ahora sólo queda creer que volverá.
Por dónde vagabundeará mi gato a estas alturas de su muerte?

Friday, October 06, 2006

CONDENACION

“He hecho lo máximo que permiten
las fuerzas humanas:
He buscado tentadoramente el imposible.
Todo lo he puesto en la jugada. El dado está ya echado;
ahí está…y he perdido".
H. Kleist-


Ella solía decir que todo pasaba rauda y caóticamente por delante y contra de sí. Como hojas secas y afiladas, arrastradas por vendavales en vuelos hirientes y estrepitosos, o rocas rodando y tronando desde y hacia todas direcciones. Ni que decir de esas gentes inertes, esos entes acelerados. Y, los otros, esos seres que se aman y se injurian pasando inevitablemente de vacuidad en vacuidad. Todo como en una aciaga e indescifrable fantasmagoría.
“Pareciera que hay una universal conspiración para dañarme!”-se lamentaba- “Por otro lado, no miento si digo que hay quienes, pocos, que en vez de injuriarme me regalan aunque tenues sonrisas” -añadía quedamente mientras sus dos ojillos cansados por esas atrocidades de la existencia humana, por esos días largos de soledad y de indecible tristeza, días que al alargarse se deforman como fantasmas tenebrosos sobre las paredes del tiempo; esos ojos, intempestivamente dejaban entrever un fugaz brillito, a la vez que sus labios casi inermes remedaban un sonreír.
Él, un náufrago en un mar de flema, que después de varios intentos fallidos de ser alguien habíase convertido en un objeto inútil. Sólo se explicaba como un vástago de sus propios fantasmas, una aparición descabellada, un abúlico ser que, diríase, solo esperaba su final:
“Soy el hijo predilecto y réprobo de la deformidad, con deseos únicamente de atragantarme en el vómito de mi propia apatía” –alguna vez se le oyó decir.

En sus malsanos mundos donde todo estaba próximo al desdibujamiento absoluto, fue el azar el causante de su, también, como todo lo que respecta a ellos, turbulento encuentro: En medio de esa gran obscuridad, de ese desdibujamiento, algo les avisó de algo detrás de sus propias espaldas. Voltearon la mirada al unísono –como dos reclutas ante la orden del oficial- ella en su conquistada posición fetal sobre la gélida arena y él detrás de los riscos agazapado y trémulo. Movió una de sus entumecidas piernas para continuar con la siguiente y comenzó a acercarse, al sentirse atraído, hacia ese algo indefinido y remoto y a la vez suplicante que le llamaba en silencio. Ella habíase semierguido ya, inmóvil y silente, seguía aún como un feto; sus rodillas apoyaban su rostro pálido; sus manos, níveas entrecruzadas por debajo de sus muslos daban la sensación de un intento de masificación; sus cabellos rizados y de una vasta negrura, bañaban sus hombros salpicando su espalda y su pecho –un manto impermeable, un insondable paraguas-. La extravagante escena que se podía ver era a la misma vez la más lóbrega y fatídica como la más violenta y perversa, hecho por lo cual a nosotros se nos antojó, enteramente poética. Frente a frente ya, trémulos ambos, él buscó su mirada, ella la esquivó; bajó la mirada él, ella ahora la buscó; con exagerada timidez él la alzó nuevamente; se encontraron! Se miraron un instante y se abrazaron! –con la mirada, nosotros, los expectantes espectadores, hubimos de extraviarnos al tratar de hallar la frontera entre un cuerpo y otro: habíase producido pues una aleación, así parecía- Fundidos en ese abrazo permanecieron un tiempo, por su largura, indeterminado; y así – creíamos- se les ocurría permanecer quizá para siempre.
Tamaña quietud, tal estado de paz, no estaban hechos para ellos: la dicha no es para los desdichados, reza el adagio: La dinamita interna volvería y volvió a recalentarse hasta que se produjo la explosión causante, esta, de un sobreentendido alejamiento y diseminación de las narradas criaturas:

Imposible quietud
Espinas en los costados
Camino irrecorrible
El destino obliterado
Ojos, dolor Bocas, temor:
Ellos.


El conocía su olor y ella sabía su nombre, así pues esto bastaría para hallarse de nuevo. Reencuentro: Emoción, llanto juramentos, promesas. Nueva explosión y nueva, obligada, separación. Fue así como formóse una interminable cadena de encuentros y desencuentros, como una composición mal agüera, una horrenda historia de cómplices torturas.

Inevitablemente, de mal en peor, prosiguieron sus existencias sin poder hallar remedio alguno para esa especie de maldición de la cual estaban presos. Él decía que tal pesadilla no le importaba con tal de respirar de su aire y de su aroma aunque sea por un segundo; que estaba dispuesto a pagar cualquier precio por, aunque sólo sea, verla. Ella decía que tal vez era mejor cambiarse de nombre y aroma para al fin no hallarse más: que se pierdan las pistas! –reclamaba-. Se volvió blasfema y siniestra y culpaba a los dioses por su desgracia profiriéndolos entre gritos y alaridos, insultos y blasfemias. Decía estar dispuesta a acabar con todo de una vez, que ya no iba a soportar tanto encono divino. Estaba segura? No, no estaba segura! Nunca estaba segura de nada, es de saber.
La condena estaba dada, no se iría: “Estaré donde tú estés; quizá ahorita te halles lejos, sentado, quien sabe, en algún muro que da al océano y fumando, pensando, aún apenado, pensando demasiado; quién lo diría, sólo tus ojos que lo dicen todo. Espero que aunque no me veas sepas que estoy a tu lado, hoy y mañana quiero acompañarte. Es inútil buscarte…Esta noche tu me acompañarás también, eh! Aunque así no lo quieras y celebraremos; tú, allá lejos con tu soledad y yo contigo” Le había escrito ella una vez con trémula caligrafía por no haberlo podido encontrar.
El pudo ser testigo pasivo de la dilatación de sus propios miedos y congojas y de su aprehensión por parte de su descreimiento. Una mordaz y flagelante desesperanza le atacó por esos días finales:

Hoy sólo esperaré un temprano anochecer.
Habré de, presuroso, esconderme y romperme entre los riscos.
Observaré pusilánime cómo mis sombras van creciendo bravías.
Qué más da!
Un cuarto sin lumbres ni sol,
Un cuarto con una gran ausencia.
El silencio habrá de quebrarse y,
Algo estallará.
Son esas voces que han venido con increpaciones.
…Habré de, silenciosamente, aguardar agazapado.
¡Esperaré únicamente un temprano anochecer!
…y dormiré temprano.


Los árboles a los que el otoño les robó las últimas hojas, empezaron a desfallecer entre los pardos, los rojos y los pajizos de sus escépticas trazas. El avieso invierno con su insondable tristeza llegaría inequívocamente a ensanchar, a fortalecer, todo cuanto gobierna: los miedos, las dudas, las desesperanzas, y a zanjar definitivamente con aquellos seres que a esos oscuros sentimientos los sostienen. Quien lo dude tal vez deba indagar sobre Hölderlin:

“Tengo frío y me entumezco en el invierno que me rodea.
Mi cielo es de hierro y mi ser es de piedra”


De nuestros narrados no supimos nada más desde aquel último día en que, al final de la tarde, cerca del ocaso, en la entrada al reino de las sombras, desaparecieron sin dejar rastro alguno, subrepticiamente.

Algunos cuentan, especulativamente quizá, de que ella ha sido castigada por los dioses por su osadía, por haberse revelado, por su blasfemia. Se halla, dicen, en un tercer sótano, en una cárcel de tres puertas, aunque otros, que han ido algún sábado muy de trasnoche por la zona sur de la ciudad, aseguran que han podido oírla por ahí llorar desconsoladamente su desgraciado sino.

De él dicen que por propia decisión ha optado por dejarse prender por el rey de las sombras: “tiene hoy un sitial importante en el reinado de las sombras!” –acentúan exclamativamente.

Ciertos noctámbulos transeúntes de esta ardua ciudad, horrorizados han revelado ver, sin vaguedad alguna, a un ente anónimo ataviado enteramente con un ropaje de indecibles características: informe y de una brillante negrura, con una insólita, híbrida expresión en su rostro; que deambulaba muy melancólico y taciturno, y con la expectativa y la avidez de alguien que a algo busca o espera: “Siniestramente se mueve de un lado a otro, excitadísimo. Por momentos corre como manejado por un malsano ímpetu, cual personaje de alguna alucinante obra de teatro vanguardista, para desaparecer finalmente en el extremo más umbroso de la calle o el lugar donde se le ve, lanzando un lastimero grito cual del Marcias” –señalan espeluznados.

La condena ya estuvo dada.

Wednesday, August 09, 2006

COMUNICACION DE BENITO VALVERDE

CARTA DE BENITO VALVERDE PARA ALGUIEN EXTRAORDINARIAMENTE CARENTE DE IMPORTANCIA
Amparmes, septiembre del 2003.

Escuché tus gruñidos puerca criatura. Los he escuchado y ya no me hieren más pues por hoy me hallo demasiado lejos de tu blanco. Soy invulnerable a tus paupérrimas armas porcinas.
No diré que claramente oí tus reclamos, casi imperceptiblemente logré entender que tú, habitante del chiquero, además de intentar vejarme, con conminación y sin ningún reparo, me dices que pise tierra, que baje de mi nube; ja, ja, ja, me ordenas!, cuán risible suena eso, no? Deberías saber que he llegado al culmen del hartazgo con ustedes los cerdos, los entes del chiquero; he vivido también (tomad en cuenta el pasado del verbo) en esa inmundicia (hábitat de los puercos) que tú, entonada y bien ponderadamente llamas realidad; pobre infausta criatura! He tenido que lidiar encarnizadamente, toda una vida, con bestias como tú. Desaventajado para tamaña bajura hube de ser devorado cientos, miles de veces por los cerdos que se llevaban mi carroña y mi mierda para alimentarse. Un día Hermes, el mensajero, me dio la noticia de que los dioses habían preparado algo con trascendencia para mí, así es que, ayudado por ellos, pude arrebatarles cada pedazo, cada átomo de materia que los puercos descarnaron de mi cuerpo; con ella (mi carne) mezclada con mi propia sangre, con mis lágrimas y mi natural maldad, fortalecidos por una inquebrantable voluntad, logré hacer una amalgama con la que fui edificando mi torre en la que ahora me encuentro: Edifiqué y sigo levantando mi torre en medio de vuestro chiquero! Y tú, cerdo, antiguo compañero, después de todo lo que he debido pasar me dices con presura que baje? Imbécil! No te das cuenta de que mi inexorable destino me convoca hacia más arriba, hacia lo apolíneo, donde habré de reencontrarme con mis supremos hermanos?

“There’s a great world above
where music and moonlight
and feelings are one


Dices también que tienes a Marcia, cosa que se me antoja no negar; pero sabes tú qué o quién es Marcia*? Seguro estoy que lo desconoces. Te lo explico pues: Marcia no es otra cosa más que los despojos, las excreciones que Irene** necesita expulsar de cuando en vez. Irene, es con la que finalmente me he quedado y me habré de quedar, ella a la que tú jamás has de acceder pues también pertenece a mundos extranjeros a ti, y es que los cerdos únicamente necesitan de real mierda para hacer llevadera su precaria existencia.

Esta es la última vez que me dirijo a ti, criaturilla; se me antoja hacer caso omiso de tus futuros gruñidos; habrás de ser lo que siempre fuiste para mí: en absoluto indiferente. Mi magnificente alma desconoce de sentimiento alguno para contigo.

Adiós puerco, ex prójimo.

¡Ah! Algo más: Mi Yo corpóreo estará por Lima en un mes aproximadamente (en cronometría porcina) por si se te da la gran ocurrencia de buscarlo; va a serte muy sencillo hallarlo. Haz con él lo que te plazca: golpéalo, descárnalo, mátalo! pero te lo advierto (no digas luego que no te lo advertí): sólo con mi carroña lograrás hacer lo que mejor te venga en gana; empero conmigo mismo, conmigo esencial, jamás has de tocarme un pelo! Jamás! Del mismo modo que jamás vas a tener aquello que los dioses han preparado desde la eternidad para mí: Mi compañera.

Sigue en tu condena de hurgar en el muladar y la mierda mi cacófago, porcino ex compañero.

Forasteramente, Benito Valverde

N.E. * Marcia, **Irene: Dos nombres o dos caras de una sola mujer.

OTRA COMUNICACION DE BENITO VALVERDE

¿ESPERABAS ALGO DE MÍ?

“Que, así,
el hombre mantenga
lo que de niño prometió”
- F. Hölderlin
-

Llegará la noche y con ella tus remiendos.
Ha de llegar la noche con su
Insondable conjunción,
con su resurrectora, obscura
Luminosidad.
Habrá de llegar la noche.

* * *

En algún momento, cerca del ocaso vespertino, de uno de esos días del estío de Cusanto; entre diálogos líricos, cigarrillos y tazas de té; algo te prometí: una pintura. La hora de cumplir mi promesa ha llegado, me dije el jueves (o viernes?) último. Así es que, querida, ahí te mando lo prometido: Este cuadro que de un modo u otro expresa, o quiere expresar, aunque queda o minúsculamente, mis cavilaciones, soliloquios y lamentaciones proferidos día tras día, en patéticas concatenaciones por estas épocas.
De veras me hubiera gustado enviarte algo con mayor desnudez, absolutamente mío (absoluto?). Ciertamente así lo quise hacer, así debió de ser. No fue así. Qué pasó? Sucedió que estando realizando mi "obra" primera, de un momento a otro y sin remedio, ésta se tornó obscura y azarosa. Debía enviarte eso? No pude hacerlo (soy canalla, pero tengo mis límites y en estos casos mi idiotez se sobrepone a mi canallería). Juro que siento que así haya sido, es decir, siento no haberte podido mandar mi verdad desnuda (¿?). De todas maneras, como te lo repiro, algo ahí te mando: Tal vez este algo no cuestione, quizá sólo ornamente, sólo sea un artificioso acomodar de colores y de formas, pero hay algo ahí, sé que lo hay y sé también que tú, gracias a tu rica visión poética, le hallarás una significación, una trascendencia. Entonces ha de ser de ti, sólo de ti y para ti.

* * *

…Y después de muchas mañanas insostenibles, sin quietudes, aquel volvía a ser un diáfano, día. Como muy pocas veces, pues de un tiempo a aquella parte mis inquietudes y mis congojas me dominaban, tenía alternativas (así como puedes leerlo y en plural, como lo ves), verbigracia: Pude ir a caminar mientras, ávida y extáticamente, chuparía mi barato cigarrillo; quizás hubiera ido corriendo hasta la próxima o siguiente plaza sólo para darle vueltas y vueltas hasta cansarme mientras, quién sabe, entonaría una viril marcha militar o un salomónico himno, de aquellos que se les oye desentonar, a los célibes, en las iglesias protestantes; o… etc. De éstas y otras ideas, ocurrencias incompatibles e impropias, que llegaron como instantáneas a girar en rededor de mí, una hubo de quedar, finalmente, como mejor o peor posibilidad, quién lo diría por qué?, por ser la más elevada o la más ensimada?...¿Qué importancia tendría eso ahora? Ninguna?, Mucha?
La cuestión importante de decir es que aquel día las sobrehumanas ganas, y aun más, la vital necesidad de pintar, fue la alternativa que finalmente quedó quizá ya como única posibilidad, las demás fueron liquidadas quién sabe por quién o por qué; fue así que, entonces, tal necesidad hizo que me refugiara en mi habitáculo, con sus rancios olores, y buscara los materiales para iniciar la labor impuesta, así lo creí, quizá por una deidad mayor.
Contaba entonces, para tal tarea, con un lienzo recién armado y blanqueado esperándome, cual iluso ser que, sentado en algún sombrío anden espera, paciente, utópicamente a su hipotética conjunción que llegará en el tren próximo a cambiarle su aciago sino. Y, quién sabe cómo pero, a veces las utopías se realizan y, sucede que los esperados llegan a encontrarse con los esperanzados o con los desesperanzados: así llegué yo para el paciente lienzo.
Me detuve anonadado, azorado, luego de que mi mirada ansiosa apuntara la blanquecina superficie (la del lienzo paciente) sin una idea clara, o peor aún, (lo peor es que me daba cuenta) sin ninguna idea de lo que iba a hacer. Pasaron los minutos en esa especie de letargo, hasta que algo llegó, quién lo diría cómo y de dónde. Como un estrepitoso rayo que colisionara precisamente en medio de mi lánguido cerebro llegó venido tal vez desde algún, remoto lugar de mi alma (cómo lo definiría Freud?). Llegó e iba quizá a quedarse, aquel remedo de hombre, aquel ser nacido con una señal agorera, el que (juraría) hablaba en un incomprensible, supraterrenal idioma: Antoine Roquentin, personaje principal (y que conste que pongo esto, principal, a regañadientes) de La Náusea de Sartre. LLegó laceradoramente, desgarrando mi alma y mi mente y acabó por desquiciarme por entero. Desde que lo conocí me ha producido esos psicotrastornos de los que muy difícilmente he podido librarme, aunque nunca completamente, y digo conocer por el hecho de haber leído sus diarios salidos de las confusiones sartreanas, que llegarían de seguro a formar parte, a amplificar, el conjunto de mis propias confusiones y antagonismos (he podido verme, muchas veces, en descabelladas situaciones intempestivamente, sin yo poder hacer en absoluto nada para evitarlo, remedando y hasta emulando a Roquentin).
La siguiente es una escena de la cotidianidad de Roquentin que inobjetablemente me ha marcado hasta hoy y que quieran los dioses no llegue a trascender hasta el final de mis días. Cito entonces un pasaje del diario de Roquentin, de La Náusea sartreana:

“…Esos jóvenes me maravillan, mientras beben el café cuentan historias claras y verosímiles. Si se les pregunta qué hicieron ayer, no se turban; os enteran en dos palabras. En su lugar yo farfullaría. Es cierto que desde hace mucho nadie se ocupa de cómo empleo el tiempo. El que vive solo ni siquiera sabe lo que es contar…Ahora, en todas partes hay cosas como este vaso de cerveza, aquí, sobre la mesa. Cuando lo veo me dan ganas de decir: Pido, no juego más, ya no puedo más. Comprendo muy bien que he ido demasiado lejos. Supongo que nadie puede prever los inconvenientes de la soledad. Esto no quiere decir que mire debajo de la cama antes de acostarme, ni que tema ver abrirse la puerta de mi cuarto a mitad de la noche. Pero de todos modos estoy inquieto. Hace madia hora que evito mirar este vaso de cerveza. Miro encima, debajo, a derecha, a izquierda; pero a él no quiero verlo. Y sé muy bien que todos los célibes aquí presentes no pueden ayudarme en nada; es demasiado tarde, ya no puedo refugiarme entre ellos. Vendrían a palmearme el hombro, me dirían: Bueno ¿Qué tiene este vaso de cerveza? Es como los otros. Es biselado, con un asa, lleva un escudito con una pala y sobre el escudo una inscripción: Spatenbrau. Sé todo eso, pero sé que hay otra cosa. Casi nada. Pero ya no puedo explicar lo que veo. A nadie. Ahora me deslizo despacito al fondo del agua, hacia el miedo”.

* * *

Habiendo ya ligeramente esbozado la imagen sartreana, la idea central de la futura obra, inicié a darle color: El fondo con grises, marrones oscuros, tierras sienas, unos ligeros toques de granate, y, sobre todo, negro; colores éstos que empezaron por darle un oscuro inicio: el aroma de lo lúgubre podía ya percibirse. Como paso segundo, continué por pintar lo que sería el rostro del personaje principal, (el primer plano) o mejor aún, a moldearlo, a darle forma con colores. En ese vaivén de rojos y amarillos en distintas tonalidades, como era de esperarse, como debía ser natural (natural?) aquello empezó a tornarse absurdo, o si es que tubo, tendría o tiene algún sentido lo creo (ahora con algo de lucidez) grosero, grotesco; entonces, con cordura lo puedo decir, que aquello cobró algún grotesco sentido producto, diríase técnicamente, de las oposiciones tonales violentamente contrastadas o del uso incontrastable de disonancias y altisonancias cromáticas: un chillar, un gemir, un gritar de colores. Presentí que algo habría de nacer; pude sentir, confirmando mis sospechas, que algo estaba naciendo. Era yo la parturienta? Sí, sin dudas. Y mientras que eso salía del vientre, desgarradoramente y desventrándome, pude percatarme, no sin horror, de algo: Poco a poco, paulatinamente, vi que ese algo se asemejaba a mi mismo de un modo ineluctable hasta que al final era yo mismo. Quedé aterido, lívido, casi yerto. Juraría que, por el engendro recién parido, fui tomado del cuello e intentado estrangular, además de recibir un certero golpe en el ojo izquierdo causante de que cayera aparatosamente al lodoso suelo (en esos instantes llovía) donde fui pateado sin misericordia en mi diestro costado. Los sucesos narrados hicieron que incuestionablemente perdiera la razón y me adentrara en un sueño que ahora, muy a pesar mío, no puedo recordar. Luego de que hube despertado (no podría precisar cuanto tiempo debió pasar hasta entonces) se apoderó de mí un miedo inenarrable, sin mentir, hasta hoy tengo miedo. Qué vendría? Qué vendrá? ¿Roquentin usurpadoramente metamorfoseado en mí?

* * *

Lucidamente, metido en razón ya, corroboro con la afirmación convencida de Saramago: “Aquel que retrata, así mismo se retrata. El Doctor Gachet que Van Gogh pintó es Van Gogh, no es Gachet”.

* * *

Si en un momento determinado encontré razonable no mandarte ese cuadro que inicialmente estuvo destinado a ti, podría decirse que lo que me llevó a tal determinación fueron los acontecimientos antes narrados cuidadosamente cavilados, pues la sola idea de mandarte algo tan desgraciado y avieso como eso, hizo que mis miedos se acrecentaran y que finalmente recapacitara sobre la justicia de mis próximos, actos para contigo: No te enviaría el cuadro inicial, debía volver a hacer uno nuevo en otras circunstancias y en distintas condiciones.


Benito Valverde

En Cusanto a unos días próximos al 20 de Julio del año 2,001